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Néstor S. Martos Garrido |
Néstor S. Martos Garrido
Ronroneo con alegría semejante
a la felicidad cuando evoco tu nombre.
Con mi catalejo, desde la playa,
te estoy viendo nadar donde nacen las olas
al atardecer de colores en la bahía de Paita.
Gracias a ti, veo la historia como una película
en un eterno presente que ilumina la vida.
Ahora estoy en El Pireo con Platón y Aristóteles,
al fondo, sentados, Aspasia aconsejando a Pericles.
La escena cambia y aparece Julio César
entrando victorioso a la Roma que soñaba.
Tu palabra viaja al Perú y te conviertes
en un tallán, en un mochica, y amas
el desierto y sus oasis de algarrobos,
los ríos de la costa de nombres sonoros,
Lengash, Jequetepeque, o los de la selva,
Marañon, Ucayali, Amazonas, que cruza
países y llega al mar Atlántico.
Por ti conocí a la poesía china
que me leías en voz alta y que aprendí
de memoria para halagarte y porque me gustaba.
Todo te lo debo, y estás conmigo ahora,
me ofreces tu cariño y sonrío.
