Bécquer, Gustavo Adolfo
su amor de las entrañas me arranqué,
¡aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él!
Del altar que le alcé en el alma mía
la Voluntad su imagen arrojó,
y la luz de la fe que en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.
Aun para combatir mi firme empeño
viene a mi mente su visión tenaz…
¡Cuándo podré dormir con ese sueño
en que acaba el soñar!
de la tierra y del cielo,
y les he visto el fin o con los ojos
o con el pensamiento.
Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo
y me incliné un momento,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era y tan negro!
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra de cincel rudo campeaba
el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito,
la yedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo en que una mano
tenía un corazón.
A contemplarle en la desierta plaza
nos paramos los dos.
Y, ese, me dijo, es el cabal emblema
de mi constante amor.
¡Ay!, es verdad lo que me dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano… en cualquier parte…
pero en el pecho no.
¡Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿sabes tú a dónde va?
las violetas suave olor,
brumas de plata la noche fría,
luz y oro el día,
yo algo mejor;
¡yo tengo Amor!
ola de envidia que besa el pie.
Isla de sueños donde reposa
el alma ansiosa.
Dulce embriaguez
¡la Gloria es!
sombra que huye la vanidad.
Todo es mentira: la gloria, el oro,
lo que yo adoro
sólo es verdad:
¡la Libertad!
la eterna canción
y a golpe de remo saltaba la espuma
y heríala el sol.
-¿Te embarcas? gritaban, y yo sonriendo
les dije al pasar:
Yo ya me he embarcado, por señas que aún tengo
la ropa en la playa tendida a secar.
encendido el color, breve el aliento,
apoyada en mi brazo
del salón se detuvo en un extremo.
Entre la leve gasa
que levantaba el palpitante seno,
una flor se mecía
en compasado y dulce movimiento.
Como en cuna de nácar
que empuja el mar y que acaricia el céfiro,
tal vez allí dormía
al soplo de sus labios entreabiertos.
¡Oh! ¡quién así, pensaba,
dejar pudiera deslizarse el tiempo!
¡Oh! si las flores duermen,
¡qué dulcísimo sueño!
no obstante, amada mía,
pienso cual tú que una oda solo es buena
de un billete del Banco al dorso escrita.
No faltará algún necio que al oírlo
se haga cruces y diga:
Mujer al fin del siglo diez y nueve
material y prosaica… ¡Boberías!
¡Voces que hacen correr cuatro poetas
que en invierno se embozan con la lira!
¡Ladridos de los perros a la luna!
Tú sabes y yo sé que en esta vida,
con genio es muy contado el que la escribe,
y con oro cualquiera hace poesía.
no te amarge la hez?
Pues aspírale, acércale a tus labios
y déjale después.
¿Quieres que conservemos una dulce
memoria de este amor?
Pues amémosnos hoy mucho y mañana
¡digámosnos, adiós!
acarició mi oído
como nota de música lejana,
el eco de un suspiro.
El eco de un suspiro que conozco,
formado de un aliento que he bebido,
perfume de una flor que oculta crece
en un claustro sombrío.
Mi adorada de un día, cariñosa,
-¿En qué piensas? me dijo:
-En nada… -En nada ¿y lloras? – Es que tengo
alegre la tristeza y triste el vino.
leo de tus pupilas en el fondo.
¿A qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.
domando el rebelde mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
capaz de encerrarle, y apenas ¡oh! ¡hermosa!
si teniendo en mis manos las tuyas
pudiera al oído cantártelo a solas.
hace de un tronco a su capricho un dios
y luego ante su obra se arrodilla,
eso hicimos tú y yo.
de la mente ridícula invención
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
en su altar nuestro amor.
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga “¡Levántate y anda!”
y pasa junto a mí
y pasa sonriéndose y yo digo
¿Cómo puede reír?
máscara del dolor,
y entonces pienso: -Acaso ella se ríe,
como me río yo.
cruza, arrojada al azar,
y que no se sabe dónde
temblando se clavará;
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá.
riza y empuja en el mar
y rueda y pasa y se ignora
qué playa buscando va.
brilla próxima a expirar,
y que no se sabe de ellos
cuál el último será.
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.
en ira y en piedad se anegó el alma
¡y entonces comprendí por qué se llora!
¡y entonces comprendí por qué se mata!
logré balbucear breves palabras…
¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo…
Me hacía un gran favor… Le di las gracias.
de tus suspiros es.
Yo conozco la causa de tu dulce
secreta languidez.
sabrás, niña, por qué:
Tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.
y lo que en sueños ves;
como en un libro puedo lo que callas
en tu frente leer.
sabrás, niña, por qué:
Tú acaso lo sospechas
y yo lo sé.
y lloras a la vez.
Yo penetro en los senos misteriosos
de tu alma de mujer.
sabrás, niña, por qué:
mientras tú sientes mucho y nada sabes,
yo que no siento ya, todo lo sé.
coronado de fuego levantarse,
y a su beso de lumbre
brillar las olas y encenderse el aire!
del triste Otoño en la azulada tarde,
de las húmedas flores
el perfume aspirar hasta saciarse!
la blanca nieve silenciosa cae,
de las inquietas llamas
ver las rojizas lenguas agitarse!
y comer… y engordar… ¡y qué fortuna
que esto sólo no baste!
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en el mundo
junto al volcán la flor.
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar… andar.
máquina el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.
uno de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer… y todos ellos
sin gozo ni dolor.
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor pero siquiera
padecer es vivir!
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía!, ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… yo no sé
qué te diera por un beso.
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?
allí los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?
vive fuera o va dentro de nosotros:
Pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco.
desnudas las espadas,
en el dintel de oro de la puerta
dos ángeles velaban.
que defienden la entrada,
y de las dobles rejas en el fondo
la vi confusa y blanca.
que en leve ensueño pasa,
como rayo de luz tenue y difuso
que entre tinieblas nada.
deseo llena el alma;
como atrae un abismo, aquel misterio
hacia sí me arrastraba.
parecían decirme las miradas
-El umbral de esta puerta
sólo Dios lo traspasa.
perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto,
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
¡en átomos leves
cual ella desecho!
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego,
me parece posible a dó brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.
ni aún sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No podía ser!
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!
¡No podía ser!
uno a arrollar, el otro a no ceder:
la senda estrecha, inevitable el choque…
¡No podía ser!
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en occidente
y de púrpura y oro la matiza;
por besar a otra llama se desliza
y hasta el sauce inclinándose a su peso
al río que le besa, vuelve un beso.
en las entrañas ya
el hierro llevo con que abrió tu mano
la ancha herida mortal.
en su empeño tenaz
se sentará a las puertas de la Muerte,
esperándote allá.
los años volarán,
y a aquella puerta llamarás al cabo…
¿Quién deja de llamar?
la tierra guardará,
lavándote en las ondas de la muerte
como en otro Jordán.
temblando a morir va,
como la ola que a la playa viene
silenciosa a expirar.
abre una eternidad.
Todo cuanto los dos hemos callado
allí lo hemos de hablar.
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
como un punto de luz radia una idea
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, sólo las lágrimas.
las alas de tul del sueño
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho,
¡diera, alma mía,
cuanto poseo,
la luz, el aire
y el pensamiento!
en un invisible objeto
y tus labios ilumina
de una sonrisa el reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
¡diera, alma mía,
cuanto deseo,
la fama, el oro,
la gloria, el genio!
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se encienden
y entornas tus ojos negros,
por ver entre sus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
diera, alma mía,
por cuanto espero,
la fe, el espíritu,
la tierra, el cielo.
de pasear una cabeza loca
se halla cansado al fin y no lo extraño
pues aunque es la verdad que no soy viejo,
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.
no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
conozco que por dentro ha envejecido.
harto lo dice ya mi afán doliente;
que hay dolor que al pasar su horrible huella
graba en el corazón, si no en la frente.
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan.
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.
que del lago se levantan,
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca.
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.
la embriaguez horrible de dolor,
expiraba la luz y en mis balcones
reía el sol.
en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
XXXVI
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.
del rocío al pensar
que cual hoy por ayer, por hoy mañana
volveremos los dos a suspirar.
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres…
ésas… ¡no volverán!
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día…
ésas… ¡no volverán!
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido… desengáñate,
nadie así te amará.

silenciosa armonía:
suenan sus pasos y al sonar recuerdan
del himno alado la cadencia rítmica.
tan claros como el día,
y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,
arden con nueva luz en sus pupilas.
del agua fugitiva:
llora, y es cada lágrima un poema
de ternura infinita.
el color y la línea,
la forma engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía.
guarde oscuro el enigma,
siempre valdrá lo que yo creo que calla
más que lo que cualquiera otra me diga.
sus ojos en mis ojos,
la amorosa cabeza
apoyada en mi hombro,
Dios sabe cuántas veces
con paso perezoso
hemos vagado juntos
bajo los altos olmos
que de su casa prestan
misterio y sombra al pórtico.
pasado como un soplo,
con qué exquisita gracia,
con qué admirable aplomo,
me dijo al presentarnos
un amigo oficioso:
“Creo que en alguna parte
he visto a usted” ¡Ah bobos,
que sois de los salones
comadres de buen tono
y andábais allí a caza
de galantes embrollos;
qué historia habéis perdido,
qué manjar tan sabroso
para ser devorado
sotto voce en un corro
detrás del abanico
de plumas y de oro!
copudos y altos olmos,
paredes de su casa,
umbrales de su pórtico,
callad y que el secreto
no salga de vosotros!
Callad; que por mi parte
yo lo he olvidado todo:
y ella… ella, no hay máscara
semejante a su rostro.
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura,
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
de un oscuro rincón de la memoria
salen a perseguirme los recuerdos
de las pasadas horas.
Me rodean, me acosan,
y unos tras otros a clavarme vienen
el agudo aguijón que el alma encona.
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.
no tenga dónde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
se quedan los muertos!!
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedóse desierto.
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé en un momento:
se quedan los muertos!!
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo:
allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras,
yo pensé en un momento:
se quedan los muertos!!
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
con un son eterno:
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos!…
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo
tan solos los muertos!
la imagen de tus ojos se quedó,
como la mancha oscura orlada en fuego
que flota y ciega si se mira al sol.
torno a ver sus pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada,
unos ojos, los tuyos, nada más.
desasidos fantásticos lucir:
cuando duermo los siento que se ciernen
de par en par abiertos sobre mí.
llevan al caminante a perecer:
yo me siento arrastrado por tus ojos,
pero adónde me arrastran no lo sé.
y el paso le dejé;
ni aun a mirarla me volví, y, no obstante,
algo a mi oído murmuró: “ésa es”.
Lo ignoro; sólo sé
que en una breve noche de verano
se unieron los crepúsculos, y… “fue”.
del templo bizantino,
vi la gótica tumba a la indecisa
luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho,
y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna del cincel prodigio.
al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera
se plegaba su lecho de granito.
De la sonrisa última
el resplandor divino,
guardaba el rostro, como el cielo guarda
del sol que muere el rayo fugitivo.
sentados en el filo,
dos ángeles, el dedo sobre el labio,
imponían silencio en el recinto.
Nos parecía muerta;
de los arcos macizos
parecía dormir en la penumbra
y que en sueños veía el paraíso.
al ángulo sombrío,
con el callado paso que llegamos
junto a la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento
y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedra que ofrecía
próximo al muro otro lugar vacío,
en el alma avivaron
la sed de lo infinito,
el ansia de esa vida de la muerte,
para la que un instante son los siglos…
en que luchando vivo,
alguna vez me acuerdo con envidia
de aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida
mujer me acuerdo y digo:
¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!
¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!
es altanera y vana y caprichosa:
antes que el sentimiento de su alma
brotará el agua de la estéril roca.
no hay una fibra que al amor responda;
que es una estatua inanimada…; pero…
¡es tan hermosa!
en que cambian de forma los objetos,
misteriosos espacios que separan
la vigilia del sueño.
daban vueltas en torno a mi cerebro,
poco a poco en su danza se movían
con un compás más lento.
los párpados velaban el reflejo;
mas otra luz el mundo de visiones
alumbraba por dentro.
un rumor semejante al que en el templo
vaga confuso al terminar los fieles
con un Amén sus rezos.
que por mi nombre me llamó a lo lejos,
y sentí el olor de cirios apagados,
de humedad y de incienso.
caí cual piedra en su profundo seno:
Dormí y al despertar exclamé: “Alguien
que yo quería ha muerto!”
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
partióme a sangre fría el corazón.
feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?
Porque no brota sangre de la herida…
Porque el muerto está en pie.
me admiró tu cariño mucho más,
porque lo que hay en mí que vale algo,
eso… ni lo pudiste sospechar.
verdes como el mar te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera
y las ondas del Océano
y el laurel de los poetas.
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta
que en el estío convida
a apagar la sed con ella.
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
quizás si negros o azules
se tornasen lo sintieras.
águila del dolor y la pasión,
cruz resignada, alma que perdona…
eso soy yo.
verdugo del ensueño y de la luz,
perfumado puñal, beso enconado…
eso eres tú.
en el frío cristal de la ventana,
en el silencio de la oscura noche
de su balcón mis ojos no apartaba.
En medio de la sombra misteriosa
su vidriera lucía iluminada,
dejando que mi vista penetrase
en el puro santuario de su estancia.
Pálido como el mármol el semblante;
la blonda cabellera destrenzada,
acariciando sus sedosas ondas,
sus hombros de alabastro y su garganta,
mis ojos la veían, y mis ojos
al verla tan hermosa, se turbaban.
Mirábase al espejo; dulcemente
sonreía a su bella imagen lánguida,
y sus mudas lisonjas al espejo
con un beso dulcísimo pagaba…
Más la luz se apagó; la visión pura
desvanecióse como sombra vana,
y dormido quedé, dándome celos
el cristal que su boca acariciara.
«La gloria ¿dónde está?»
Y una voz misteriosa contestóme:
«Más allá… más allá…»
que la voz me marcó;
halléla al fin, pero en aquel instante
el humo se truncó.
se empezó a remontar
y penetrando en la azulada esfera
al cielo fue a parar.
de tu sonrisa,
y un rayo de tus ojos
la luz del día;
pero tu alma
es la noche de invierno,
negra y helada.
pero un sueño febril que dura un punto;
cuando de él se despierta,
se ve que todo es vanidad y humo…
muy largo y muy profundo;
un sueño que durara hasta la muerte!
Yo soñaría con mi amor y el tuyo.
a intervalos desprendidas,
sirenas adormecidas
que evoca tu blanca mano,
no esparcen al aire en vano
el melancólico son;
pues de la oculta mansión
en que mi pasión se esconde,
a cada nota responde
un eco del corazón.
arrastra el viento;
en los espacios, tristes gemidos
repite el eco.
en las regiones del pensamiento
gemidos tristes, marchitas galas
son mis recuerdos.
de la intricada selva
¿no ves algo que brilla
y llora? Es una estrella.
como a través de un tul,
de una ermita en el pórtico
brillar. Es una luz.
el término está aquí.
Desilusión. No es lámpara ni estrella
la luz que hemos seguido: es un candil.
y que empuja el vendaval,
y que acaricia la espuma,
de los hombres es la vida;
su puerto, la eternidad.
nubes sombrías,
huyen ante el destello
de la luz divina.
Esa luz santa,
niña de negros ojos,
es la esperanza.
mi fe gigante
contra desdenes lucha
sin amenguarse.
En este empeño
es, si grande el martirio,
mayor el premio.
alma de nieve,
si aún no me quisieras,
yo no he de quererte:
mi amor es roca
donde se estrellan tímidas
del mal las olas.
cuando reina la sombra
una voz apagada que canta
y una inmensa tristeza que llora?
las silentes y trágicas notas
que mis dedos de muerto arrancaban
a la lira rota?
deslizarse en tu boca,
ni sentiste mi mano de nieve
estrechar a la tuya de rosa?
por el aire vagar una sombra,
ni sintieron tus labios un beso
que estalló misterioso en la alcoba?
que te vi entre mis brazos, miedosa;
que sentí tu aliento de jazmín y nardo
y tu boca pegada a mi boca.
miraba al cielo
que no es bien que tu imagen
se halle en el suelo;
si de allí vino,
él buscaba su origen,
no es desvarío.
para que los cantes con tu clara voz,
para que se llenen de emoción tu pecho
hice mis versos yo.
y le des juventud, vida, calor,
tres cosas que yo no puedo darles,
hice mis versos yo.
para que sufras tu con mi dolor,
para que sientas palpitar mi vida,
hice mis versos yo.
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
¡rogadle por nosotros!
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
¡rogadle por nosotros!
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado,
¡rogadle por nosotros!
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
¡rogadle por nosotros!
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los tormentos
¡rogadle por nosotros!
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura
¡rogadle por nosotros!
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas,
¡rogadle por nosotros!
de virtud y saber, rico tesoro,
al que es caudal de ciencia inextinguible,
¡rogadle por nosotros!
¡Santos y Santas todos!
Rogadle que perdone nuestras culpas
¡a aquel que vive y reina entre vosotros!
podrá secarse en un instante el mar,
podrá romperse el eje de la tierra
como un débil cristal.
cubrirme con su fúnebre crespón,
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.
quién fuera brisa,
quién fuera sol!
¡Quién del crepúsculo
fuera la hora,
quién el instante
de tu oración!
de la plegaria
que solitaria
mandas a Dios!
quién fuera brisa,
quién fuera sol!…
del río cercano la pura corriente
y miras tu rostro del amor encendido,
soy yo, que me escondo
del agua en el fondo
y, loco de amores, a amar te convido;
soy yo, que, en tu pecho buscada morada,
envío a tus ojos mi ardiente mirada,
mi blanca divina…
y el fuego que siento la faz te ilumina.
en tardo se trueca tu amor animado,
vacila tu planta, se pliega tu talle…
soy yo, dueño amado,
que, en no vistos lazos
de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;
soy yo quien te teje la alfombra florida
que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;
soy yo, que te sigo
en alas del viento soñando contigo.
escuchas acaso celeste armonía
que llena de goces tu cándido pecho,
soy yo, vida mía…
Soy yo, que levanto
al cielo tranquilo mi férvido canto;
soy yo, que, los aires cruzando ligero
por un ignorado, movible sendero,
ansioso de calma,
sediento de amores, penetro en tu alma.
hállase aquel cementerio;
sus habitantes no lloran…
¡Qué felices son los muertos!
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día
y el color de la rosa es tu color.
a un corazón para el amor ya muerto,
tú creces de mi vida en el desierto
como crece en un páramo la flor.
a una mujer, para pedirle amor,
y fue su amor cansancio a mis sentidos,
hielo a mi corazón.
que un mundo de esperanza ayer pobló,
como queda un viandante en el desierto:
¡A solas con Dios!
lágrima ardiente, fresca sonrisa,
flor peregrina, rama tronchada;
yo soy quien vibra, flecha acerada.
de mil perfumes suaves vapores,
y su fragancia fascinadora,
trastorna el alma de quien adora.
ya el más horrible dolor mitigo,
y en grato, dulce, tierno delirio,
cambio el más duro crüel martirio.
mas son de flores los eslabones.
Navego por los mares,
voy por el viento
alejo los pesares
del pensamiento.
Yo en dicha o pena,
reparto a los mortales
con faz serena.
brota sonrisas o brota enojos;
poder que abrasa un alma helada
si airado vibro flecha acerada.
a las hermosas;
coloro sus mejillas
de nieve y rosas;
humedezco sus labios
y sus miradas,
hago prometer dichas
no imaginadas.
grato, halagüeño,
o alejo de los seres
el dulce sueño,
todo a mi poderío
rinde homenaje;
todo a mi corona
dan vasallaje.
niña tirana
ámame, y tú la reina
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas;
pero siempre habrá poesía.
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa
¡habrá poesía!
es altanera y vana y caprichosa;
antes que el sentimiento de su alma,
brotará el agua de la estéril roca.
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá ¿por qué no lloré yo?
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.
que agita las ideas
como huracán que empuja
las olas en tropel.
se eleva y va creciendo
como volcán que sordo
anuncia que va a arder.
de seres imposibles,
paisajes que aparecen
como al través de un tul.
remedan en el aire
los átomos del Iris
que nadan en la luz.
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás.
de cosas que no existen;
accesos de alegría,
impulsos de llorar.
que no halla en qué emplearse;
sin riendas que le guíen,
caballo volador.
exalta y desfallece;
embriaguez divina
del genio creador.
Tal es la inspiración.
ordena en el cerebro
y entre las sombras hace
la luz aparecer,
brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel.
los pensamientos ata,
sol que las nubes rompe
y toca en el cenit.
que en un collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir.
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás.
la estatua modelando,
y la belleza plástica
añade a la ideal.
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción.
su sed la fiebre apaga,
descanso en que el espíritu
recobra su vigor.
Con ambas siempre en lucha
y de ambas vencedor,
tan sólo al genio es dado
a un yugo atar las dos.
de tu balcón,
crees que suspirando pasa el viento
murmurador,
sabe que oculto entre las verdes hojas
suspiro yo.
vago rumor,
crees que por tu nombre te ha llamado
lejana voz,
sabe que entre las sombras que te cercan
te llamo yo.
tu corazón,
al sentir en tus labios un aliento
abrasador,
sabe que, aunque invisible, al lado tuyo
respiro yo.
lo dices porque sientes sus latidos;
eso no es corazón… es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
tienda próximo a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
(si suena en mi funeral)
una oración al oírla,
¿quién murmurará?
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa
¿quién vendrá a llorar?
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?
¡Es el amor que pasa!
¡y tuve sed!… mis lágrimas bebí;
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre… ¡El mundo estaba
desierto… para mí!
con sombra vana,
delante del Deseo
va la Esperanza.
Y sus mentiras
como el Fénix renacen
de sus cenizas.
y aún dura su fulgor cuando morimos;
¡tan corto es el vivir!
La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡hoy creo en Dios!
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
-No es a ti: no.
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
-No: no es a ti.
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
-¡Oh, ven; ven tú!
la melancólica frente
una azucena tronchada
me pareces.
de que es símbolo celeste,
como a ella te hizo Dios
de oro y nieve.
el libro abierto,
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros:
no veíamos las letras
ninguno, creo,
mas guardábamos ambos
hondo silencio.
pude saberlo.
Sólo sé que no se oía
más que el aliento,
que apresurado escapaba
del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos a un tiempo
y nuestros ojos se hallaron
y sonó un beso.
era su Infierno.
Cuando a él bajamos los ojos
yo dije trémulo:
¿Comprendes ya que un poema
cabe en un verso?
Y ella respondió encendida:
¡Ya lo comprendo!
se escribiese la historia
y se borrase en nuestras almas cuanto
se borrase en sus hojas;
tu amor huellas tan hondas,
que sólo con que tú borrases una
¡las borraba yo todas!
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?
raya de inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se dilata
en ardiente explosión de claridad.
la temerosa sombra es el pesar:
¡Ay! en la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá?
sobre el oscuro campo de batalla,
cargada de perfumes y armonías
en el silencio de la noche vaga.
del bardo inglés en el horrible drama
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.
perdida una voz murmura
turbando su triste calma,
si en el fondo de mi alma
la oigo dulce resonar,
dime: ¿es que el viento en sus giros
se queja, o que tus suspiros
me hablan de amor al pasar?
rojo brilla a la mañana
y mi amor tu sombra evoca,
si en mi boca de otra boca
sentir creo la impresión,
dime: ¿es que ciego deliro,
o que un beso en un suspiro
me envía tu corazón?
y en la alta noche sombría,
si en todo cuanto rodea
al alma que te desea
te creo sentir y ver,
dime: ¿es que toco y respiro
soñando, o que en un suspiro
me das tu aliento a beber?
paredes que la guardan
oí la esquila que al mediar la noche
a los maitines llama!
¡Cuántas veces trazó mi silueta
la luna plateada,
junto a la del ciprés, que de su huerto
se asoma por las tapias!
de su ojiva calada,
¡cuántas veces temblar sobre los vidrios
vi el fulgor de la lámpara!
Aunque el viento en los ángulos oscuros
de la torre silbara,
del coro entre las voces percibía
su voz vibrante y clara.
por la desierta plaza
se atrevía a cruzar, al divisarme,
el paso aceleraba.
Y no faltó una vieja que en el torno
dijese a la mañana
que de algún sacristán muerto en pecado
acaso era yo el alma.
del atrio y la portada;
de mis pies las ortigas que allí crecen
las huellas tal vez guardan.
Los búhos, que espantados me seguían
con sus ojos de llamas,
llegaron a mirarme con el tiempo
como a un buen camarada.
se movían a rastras;
¡hasta los mudos santos de granito
creo que me saludaban!
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.
voy a tocarte te desvaneces.
¡Como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul!
en el vacío cometa errante,
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión!
en la noche pasada.
Triste, muy triste debió ser el sueño
pues despierto, la angustia me duraba.
húmeda la almohada
y por primera [vez] sentí, al notarlo,
de un amargo placer henchirse el alma.
que llanto nos arranca,
mas tengo en mi tristeza una alegría…
¡Sé que aún me quedan lágrimas!
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.
del sol tiemblo en la hoguera,
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.
que en el ocaso ondea,
yo soy del astro errante
la luminosa estela.
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.
perfume en la violeta,
fugaz llama en las tumbas
y en las ruinas yedra.
y silbo en la centella
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.
susurro en la alta yerba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.
del humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
que los insectos cuelgan,
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.
que en la corriente fresca
del cristalino arroyo
desnudas juguetean.
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los gnomos
contemplo sus riquezas.
las ya borradas huellas
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.
a do un rumor no llega,
y donde informes astros
de vida un soplo esperan.
el puente que atraviesa,
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.
dormida me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma,
yo velo mientras tú duermes.
inquietos me parecen
relámpagos de grana que serpean
sobre un cielo de nieve.
pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
que deja un sol que muere.
húmedos resplandecen,
como la onda azul en cuya cresta
chispeando el sol hiere.
tranquilo fulgor vierten,
cual derrama de luz templado rayo
lámpara transparente.
tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
se derrama a torrentes.
acompasado y tenue
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende
me he puesto porque no suene
su latido y de la noche
turbe la calma solemne.
cerré ya porque no entre
el resplandor enojoso
de la aurora y te despierte.
de un oscuro rincón de la memoria
salen a perseguirme los recuerdos
de las pasadas horas.
Me rodean, me acosan,
y unos tras otros a clavarme vienen
el agudo aguijón que el alma encona.
guardaba mi dolor;
le quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.
que le agotó, decir:
¡ah, barro miserable, eternamente
no podrás ni aun sufrir!












































.jpg)