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| Poesía China Clásica : La mujer de un pequeño funcionario de Lujiang (poema Anónimo) |
Poesía China Clásica : La mujer de un pequeño funcionario de Lujiang (poema Anónimo)
El pavo real vuela hacia el sudeste
y cada cinco li[2] vuelve la cabeza.
“A los trece años, aprendí a tejer,
a los catorce, a coser,
a los quince, a tocar el konghou,[3]
a los dieciséis, a leer poesía y prosa,
y a los diecisiete me convertí en tu mujer.
Después, mi corazón se ha repletado de aflicción.
Tú, funcionario de la prefectura,
tienes un amor constante;
yo, tu indigna esposa, me quedo sola en el cuarto vacío,
nuestros encuentros son escasos.
Desde el primer canto del gallo, me pongo a trabajar;
hasta entrada la noche, no ceso de tejer.
Cada tres días termino un rollo de tela,
¡y aún tu venerable madre me acusa de perezosa!
Y no es porque yo no teja rápido,
sino porque ¡es de veras difícil ser nuera en tu familia!
Puesto que soy incapaz de servirte,
resulta inútil que permanezca aquí.
Deberías consultar a mis respetables padres
cuándo consideran oportuno que me reenvíes con ellos.”
El funcionario, al oír estas palabras,
va a buscar a su madre al salón y le dice:
“Ya mi destino no es tan brillante,
felizmente, me casé con esta mujer.
Al mezclar nuestros cabellos, nos convertimos en esposos,
y hemos jurado no separarnos hasta la muerte.
No hemos vivido juntos más que dos o tres años,
lo cual no es casi nada.
Si no se puede reprochar nada a la conducta de mi mujer,
¿por qué eres tan severa al juzgarla?”
Su madre respondió:
“Esta mujer es insolente,
ama la independencia.
Después de este tiempo, no estoy satisfecha de ella;
¿acaso osarás discutir conmigo?
Nuestro vecino del este tiene una hija virtuosa
que se llama Jin Lo-fou.
Ella es encantadora,
voy a pedir su mano para ti.
¡Devuelve de inmediato a tu mujer!
¡Bajo ningún pretexto intentes conservarla!”
Entonces el funcionario se prosterna y suplica:
“Con el mayor respeto, le hago saber, madre,
que si devuelve a esta mujer
no volveré a casarme jamás.”
La madre escucha apenas esta demanda,
molesta, golpea su asiento y grita:
“¡Qué audacia, pequeño,
suplicar por tu esposa!
¡Ya no tendré ternura para ti
y nunca admitiré esa decisión!”
El funcionario no se atreve a hablar más,
se despide de su madre y regresa a su cuarto.
Le cuenta esta escena a su mujer,
los sollozos lo sofocan y cortan sus palabras:
“No es que yo quiera hacerlo,
¡pero mi madre me obliga!
Vuelve de forma provisoria a tu casa,
a mí me reclaman las funciones de la prefectura.
Pronto regresaré
y pasaré a buscarte.
Este designio nace del fondo de mi corazón
y no lo cambiaré por nada.”
Los gallos cantan, la aurora se aproxima.
La joven se levanta para asearse.
Se coloca su falda bordada
con cuatro o cinco adornos,
calza sus zapatillas de seda
y fija los brillantes alfileres de carey en sus cabellos;
su cinturón es de pongée[4] blanco,
finas perlas cuelgan de sus orejas;
sus dedos son largos y delicados;
su boca es roja, seductora;
avanza, flexible, voluptuosa:
¡su belleza no tiene rival!
Entra al salón para saludar a su suegra;
que la deja marchar sin impedirlo.
“Cuando era una niña”, dice la nuera,
“crecí en el campo,
apenas recibí una educación familiar,
no soy digna de ser la esposa de tu hijo.
Desde mi boda, me has llenado de regalos
¡y no sabía cómo servirte!
Hoy vuelvo con mis padres,
¡lamento dejarte la carga agotadora del hogar!”
Sale para decir adiós a su joven cuñada,
sus lágrimas caen como las perlas de un collar roto:
“Cuando vine a tu casa, pequeña,
caminabas sujeta al borde de la cama;
hoy, que soy repelida,
¡eres del mismo tamaño que yo!
Ten cuidado de servir a tus padres,
trata de ayudarlos bien.
No descuides los días siete o nueve de cada mes,[5]
y, mientras te diviertes, ¡no me olvides!”
Ella cruza el umbral, se sube al coche y parte,
su rostro está cubierto de lágrimas.
A caballo, el funcionario va delante,
en el coche, ella lo sigue desde lejos.
A veces desaparece, a veces apenas lo distingue;
a la entrada del camino principal, se reúnen.
Él baja del caballo y sube al coche,
susurra al oído de su esposa:
“Juro no separarme de ti;
regresa por el momento con tus padres.
Me uniré a mi guarnición,
pero pronto volveré.
¡Ante el Cielo, afirmo la constancia de mi amor!”
Su mujer responde:
“Estoy profundamente conmovida por tus sentimientos.
Como me amas tanto,
espero tu pronto regreso.
Tú debes ser una roca,
y yo un junco;
el junco es flexible como la seda
y la roca inquebrantable.[6]
Tengo un hermano mayor
que es de naturaleza violenta,
él no me dejará hacer lo que quiero,
este pensamiento me incomoda.”
A lo lejos se contemplan, aún agitan las manos,
porque los amantes son reacios a separarse.
Humillada, avergonzada, ella regresa con su familia.
Su madre le golpea las manos y le dice:
“¡Nunca esperé este regreso!
Te enseñé a tejer cuando tenías trece años,
la costura, a los catorce,
música a los quince,
los ritos a los dieciséis
y te casé a los diecisiete años.
Te he recomendado que no te faltes a tus deberes;
ahora, ¿por qué faltas tan graves
regresas sola, sin que yo te invite?”
“Tu hija Lan-zhi está avergonzada ante ti;
pero ella no cometió ninguna falta grave.”
Entonces, entristecida, la madre solloza.
Pasa una decena de días;
el subprefecto del lugar envía un intermediario de matrimonio
a la familia de la joven:
“El tercer hijo del subprefecto
es de una distinción e inteligencia sin par;
sólo tiene dieciocho o diecinueve años
y ya brilla con su elocuencia.”
La madre le dijo a su hija:
“Puedes contestarle.”
Con lágrimas en los ojos, su hija responde:
“Cuando Lan-zhi tuvo que dejar a la familia de su suegra,
su marido le hizo jurar repetidamente que no se separaría de él.
Si faltara hoy a ese compromiso,
¡ella tendría miedo de estar cometiendo una mala acción!
Mejor sería agradecer a este intermediario;
hablaremos de matrimonio más adelante.”
La madre le hace saber al intermediario:
“Nuestra humilde familia tiene esta joven mujer
quien, casada no hace mucho, fue obligada a regresar a su hogar.
Si ella no sabía cómo servir a un funcionario,
¿crees que sea digna del hijo de tu señor?
Me conmueve tu delicada propuesta
pero no puedo prometer nada, hablaremos de eso en otro momento.”
(Unos días más tarde, el subprefecto renueva su pedido por su adjunto; la madre todavía se niega, así que…)
El hermano mayor, habiendo escuchado este nuevo rechazo,
disgustado, aburrido,
reprende a su hermana:
“¡Eres incapaz de tener buen juicio!
Te casaste con un oficial,
ahora puedes casarte con el hijo del subprefecto:
la diferencia entre un funcionario y un hijo de subprefecto es
la que hay entre el cielo y la tierra;
con ese buen matrimonio, recuperarás tu honor.
Si no quieres casarte con este joven de una buena familia,
¿qué estás buscando?”
Lan-zhi levanta la cabeza y responde:
“Tus palabras son razonables.
Antes, dejé a mi familia para casarme,
a mitad de camino, volví a la familia de mi hermano.
Naturalmente, debo obedecerte,
¿cómo me atrevo a esperar la libertad?
Aunque le di mi palabra a aquel funcionario,
nuestra reunión nunca se efectuará.
Ve y dile al asistente
que doy mi consentimiento y que podemos celebrar la boda pronto.”
(El diputado cumple su misión, el matrimonio se arregla a fin de mes; el subprefecto envía muchos regalos preciosos, pero a la novia no le importa mucho su ajuar.)
La madre dice a su hija:
“Acabo de recibir una carta del subprefecto,
me cuenta que la fecha de la boda está fijada para mañana.
¿Por qué no preparas tu ropa?
¡No retrases el matrimonio por ese detalle!”
Muda,
un pañuelo en la boca para sofocar sus sollozos,
ella se deshace en lágrimas.
Luego coloca el canapé
cerca de la ventana que da al camino;
las tijeras y la regla en la mano izquierda,
la seda en la derecha, ella corta.
Por la mañana, termina una falda,
por la tarde, un vestido.
El crepúsculo cae;
cansada, gimiente, sale de su casa.
El funcionario se ha enterado de esta noticia,
ha tomado una licencia y regresa tan pronto como sea posible.
A dos o tres li de la aldea,
su caballo relincha.
La mujer reconoce estos relinchos,
y se apresura al encuentro de su esposo.
Tristemente, ella mira hacia a lo lejos,
sabe que él va a venir.
Él llega.
Ella palmea la silla y suspira profundamente:
“Después de nuestra última separación,
¡cuántos acontecimientos se han precipitado!
No puedo cumplir mi palabra;
pero todo esto tú lo ignoras.
Mis padres y mis hermanos
me obligan a casarme nuevamente, ¿qué esperas obtener con tu regreso?”
El funcionario le dice a su antigua mujer:
“¡Te felicito por tu suerte!
La roca es maciza,
es resistente al mal tiempo por muchos siglos;
el junco es flexible, muy flexible,
y cambia de forma de la mañana a la noche.
Conocerás la riqueza y la nobleza;
solitario, yo me iré a las Fuentes Amarillas.”[7]
“¿Por qué me estás hablando en este tono?
Tú y yo
somos dos esclavos.
Nos encontraremos en las Fuentes Amarillas,
mantengamos esa promesa.”
Febrilmente, se dan la mano,
luego, regresan cada uno a su casa.
Vivos, ya están hablando de la separación de la muerte,
¡ah!, ¡qué indescriptible tristeza!
Deciden suicidarse,
ningún obstáculo puede modificar esta resolución.
El día de la boda, las monturas relinchan,
la recién casada entra en su nuevo hogar.
A medianoche,
todo el mundo duerme.
“Mi vida debe terminar esta noche”, piensa ella,
“mi espíritu se irá mientras mi cuerpo permanece”.
Se quita la falda, se descalza,
y se arroja a un estanque límpido.
El oficial, al escuchar la horrible noticia,
sabe que la separación es eterna;
vagabundea un momento bajo de un árbol del patio,
luego, se ahorca de una rama que apunta al sudeste.
(De la antología de Sung-Nien Hsu y de la Anthologie de la poésie chinoise classique de Paul Demiéville)
Notas:
[1] Para adentrarse en las peculiaridades de la historia literaria china de estos períodos recomiendo los volúmenes The Cambridge History of Chinese Literature, volumen I, de Kang-I Sun Chang y Stephen Owen; y La littérature chinoise ancienne et classique, de André Levy.
[2] El li es una medida equivalente a tres kilómetros más o menos. Algunas traducciones utilizan aquí el término “legua”, aunque no sea rigurosamente exacto.
[3] El konghou es un tipo de arpa china cuya aparición se remonta a más de 2000 años; sus cuerdas se pulsan con los dedos o con una púa.
[4] El pongée es un tejido ligero consistente en una mezcla de lana con hilos de seda.
[5] Los días siete o nueve de cada mes son los días en que se quema incienso delante del altar de los ancestros.
[6] Ella podrá soportar todos los males para esperar el retorno de su marido, en tanto él tendrá la fortaleza de no modificar su decisión.
[7] Se refiere a El Imperio de los Muertos.
Fuente : https://rialta.org/tres-poemas-anonimos-de-la-china-antigua/